sábado, 21 de abril de 2018

UNA CARTA DE AMOR




A media hora a pie de casa, en la cafetería en la que compartimos tantos cafés a la salida de mi antiguo trabajo, en la mesa más alejada de la entrada y de la barra, sin planes ni prisa, espero a que el camarero me traiga la copa que le acabo de pedir.
Le observo mientras lo prepara siguiendo un ritual que habrá repetido en cientos de ocasiones. Es joven y no especialmente guapo, pero tiene un brillo en los ojos que llama mi atención. Me recuerda que una vez yo también lo tuve, que una vez, hace una eternidad, yo también fui joven. Ambos lo fuimos.
El camarero se acerca y deposita mi bebida sobre la mesa, dedicándome una amplia sonrisa que no sé cómo, soy capaz de corresponder.
A solas con mi gin tonic, se me viene a la memoria el día en que le conocí, en el aula magna de la facultad, en primero de derecho, uno de los primeros días de clase, cuando desvié la vista hacia un chico que me observaba en lugar de mirar hacia el estrado donde se encontraba el profesor. Nuestras miradas se encontraron y un escalofrío recorrió mi espalda; me sentí atraída por él de inmediato.
Así estuvimos un mes, sin acercarnos el uno al otro, lanzándonos furtivas miradas entre lecciones monótonas y aburridas, hasta que un fin de semana, nos encontramos en uno de los bares de moda, y con la ayuda de nuestros amigos, nos conocimos, nos gustamos, y no nos volvimos a separar hasta hoy.
¿Cuánto tiempo había pasado? Casi veinte años, toda una vida… Dos caminos que un día se hicieron uno, recorrido por dos niños que juntos se convirtieron en adultos y que ahora se volvían a separar, dejándome sola, perdida y sin consuelo.

Doy un considerable sorbo que quema mi garganta con rabia y me hace perder el equilibro un instante. Me gusta la sensación, me aleja de la realidad. No recuerdo la última vez que bebí, pero seguro que fue junto a él. Quizá en una boda, o algún viernes por la noche de aquellos de hace años, cuando vivíamos en nuestro mundo perfecto, repleto de ilusiones y planes por cumplir, y quedábamos con nuestros amigos, los mismos que fueron testigos el día que hablamos por primera vez y aún conservamos.
En este momento, mientras yo, cobarde, languidezco entre estas cuatro paredes, ellos, valientes, han ido a despedirle.
Y recuerdo su risa, su sentido del humor, su talento, su inteligencia, sus comentarios locuaces, su estilo de vestir, su forma de caminar.
Y doy un nuevo sorbo que me impida recordar.
Pero vuelven a mi mente, a pesar de mis protestas, sus partidos de baloncesto, su constitución atlética, la imagen de su sudadera preferida sobre su torso.
Su sentido de libertad, su vehemencia en la búsqueda de la justicia, su instinto de lucha hasta el final.
Tantos momentos vividos…Nuestras partidas de ajedrez, nuestros largos paseos por la playa, nuestras películas en el sofá los sábados por la noche, nuestras cenas sin palabras, el cine, la música, los días lluviosos, los soleados, el frío, el calor junto a él… Su olor, sus ojos al mirarme, sus abrazos, sus caricias, su manera de tocarme… sus manos sobre mí. Su cuerpo sobre mi cuerpo. Dos lágrimas ruedan desesperadas por mis mejillas  porque a pesar de que no puedo entenderlo, sé que nunca volveré a sentirle.
Mi vida en torno a la suya, su vida en torno a la mía, como si no hubiera nada más. Y no había nada más, no importaba lo demás. Y ahora ya no hay nada.
Quiero retenerlo todo en mi memoria, cada momento, cada sensación. No quiero olvidarle, quiero llorar, quiero sufrir, no quiero volver a vivir.
El gin tonic se ha acabado pero nada ha cambiado. Hago un gesto al camarero para que me ponga otra de lo mismo. Esta vez lo trae pero ya no sonríe, mis incómodas lágrimas le han intimidado.
Saco el móvil de mi bolso para comprobar cuánto tiempo ha pasado, quiero que transcurra el tiempo que ahora se me antoja eterno. El display muestra tantas llamadas perdidas que lo vuelvo a guardar sin ver siquiera la hora. No quiero hablar con nadie, no quiero compartir mi dolor.
Se abre la puerta y aparece Edurne, buscándome inquieta. Solo ella sabría que podía estar allí, en nuestro rincón.  Ella ha ido a decirle adiós, aunque él ya no estaba allí. No me importa lo que piensen los demás, no podía verle así. Una vez me localiza su gesto se relaja, y con los ojos llenos de lágrimas, se acerca a mi lado y se abraza a mí. “Nos tenías preocupados. Ya se ha acabado todo, vámonos a casa” me susurra.
Pero nada ha acabado, la pesadilla no ha hecho más que comenzar.
No puedo ir a nuestra casa, a enfrentarme con sus recuerdos y los míos. Nunca podré volver.
Ya no tengo a dónde ir, porque mi hogar eras tú. Ayer estabas conmigo, y hoy no existes. Tu ausencia se me clava como agujas en el alma. Al menos pudimos despedirnos, demasiadas veces quizá. Te has ido sabiendo que te quiero, y yo sé que no había nadie más que yo en el mundo para ti. No hay palabras de consuelo, ni culpables de que tu camino se haya extinguido cuando quedaba tanto por recorrer.  Hoy mi vida se termina con la tuya, pero a pesar del dolor y el sufrimiento, ha merecido la pena vivirla junto a ti.

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