sábado, 13 de enero de 2018

LO QUE MUEVE EL MUNDO


Caras grises. Mentes vacías. Cuerpos encorvados. Miradas perdidas.

Tic tac, tic tac, tic tac.

Pasa un tren. Suben algunos. Otros bajan. Otros permanecen a la espera. Cambia la gente, pero no noto la diferencia. Caras grises. Mentes vacías. Cuerpos encorvados. Miradas perdidas.

Cansancio. Me pesan las piernas. Me pesa la espalda. Solo quiero llegar a casa y soltar esta mochila.

Por fin llega el mío. La gente se aglutina por inercia a medida que se acerca, intentando adivinar dónde quedará la puerta. Se para, me llevo algún que otro empujón, subo, se pone en marcha. Veinticinco minutos hasta mi parada.


Unos leen, otros escuchan música, otros miran el móvil. Nadie me mira. Sigo viendo caras grises que se mueven al compás del traqueteo del vagón sin inmutarse. Pienso en el resto de la semana, en la monotonía que me espera. Solo quiero llegar a casa, y soltar esta mochila. Solo queda una parada. Esta es la mía. Diez minutos y en casa.

Calles vacías y oscuras que parecen formar parte de un laberinto. Me pesan las piernas, pero no quiero pensarlo, ya queda poco para llegar. Ya veo el portal. Tres pisos y en casa.

Ella ya estará dormida. Nunca me da tiempo a verla, solo los viernes, que salgo antes. Saco las llaves y abro la cerradura. La luz de la cocina está encendida, quizá hoy no me toque cenar sola, como casi siempre.

-¡Mamááááááááá! -La oigo chillar antes de verla y sin darme cuenta, acelero el paso. Y llego y ahí está, con sus ojos del color del mar, con su inocente sonrisa. -¡Mamáááááá! -Y suelta una carcajada, que me contagia al instante. Y él se ríe también, y el tiempo se ralentiza. Y ella dirige sus brazos hacia mí, y la cojo, y la abrazo. Y él nos mira mientras termina de preparar la cena, que hoy podremos compartir. Y suelto la mochila que había olvidado que llevaba encima. Y ahora, ya nada es gris, está lleno de colores, todo brilla. Ahora, todo tiene sentido.

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