domingo, 12 de marzo de 2017

PIEL Y TINTA

Esta noche se presenta como otra de esas en las que el dolor, la frustración y el no entender no me dejarán cerrar los ojos y dormir en paz.

Y no entiendo esta cabeza, no entiendo que ayer fuera completamente feliz, y hoy me sienta tan desgraciada. Las emociones se agolpan en mi mente, y no me dejan pensar. Solo siento, y así no se puede. Y me odio. Odio saber que tengo que ser racional, odio saber cuál es el problema y no poder hacer nada para ponerle remedio. Quizá no soy normal. Quizá esté pasando una época en la que no estoy normal. Una época demasiado larga. Quizá no esté preparada para algunas cosas que me han caído encima y me vienen grandes. Quizá nunca he sabido entenderte. Quizá no he sabido entenderme yo. O el problema es que creía que me conocía y descubrir dentro de mí tantas cosas nuevas me está superando. Quizá necesite ayuda, pero si la necesito, me niego a aceptarlo.

Quizá mi inseguridad sea la base del problema, u ocupe parte de esa base. Nunca me he creído suficiente para nadie y sin embargo, te pido que me veas como no has visto a nadie jamás. No le doy ninguna importancia al físico, excepto al mío. Me miro al espejo y me encuentro mil defectos, me exijo lo que no le exijo a nadie más. Y a ti, te hago lo mismo, y me lo das, y no te creo, porque me miro al espejo, y me veo mil defectos. Y tú te tragas la mierda que me escupen mis complejos.

Quiero ser especial, y quiero ser única, y olvido que hubo mil especiales antes que yo. Te pido una promesa de eternidad sabiendo mejor que nadie que aquí solo cuentan los segundos. Me niego a aceptar lo común, lo que tienen todos. Me niego a aceptar lo que antes concebía como normal y me hacía feliz, y sin embargo hoy no puedo vivir con ello. Me niego a aceptarlo y sé de sobra que es así, y te culpo de mis frustraciones, por hacerme creer en lo que no existe.

Me contradigo mil veces, y eso me perturba, porque necesito orden y control, y en mi vida cada vez hay menos de los dos. Siento que la vida se me escapa de las manos y tan pronto estoy volando como saltando al vacío. Solo necesito pensar con claridad, algo que por lo visto ya no soy capaz de hacer.

No distingo entre el presente y el pasado. Y ¿Por qué habría de distinguirlo? En el pasado tú seguías siendo tú y yo seguía siendo yo. 

Me pregunto en qué consiste la vida. Me pregunto por qué estoy aquí. Me pregunto por qué nos encontramos tú y yo, y de repente creo en el destino, aunque mañana te diré que creer en el destino es de tontos. Y que nada ni nadie decide tu vida, y eso me lleva a desesperarme, porque no sé qué estoy haciendo con la mía.

Quizá ya no estoy sola, y no sé si volveré a estarlo alguna vez. Igual es la ansiedad que me acompaña a donde quiera que voy la que no me deja pensar con claridad, quizá es ella la que está escribiendo estas líneas. Quizá ya nunca vuelva a estar sola, aunque la sensación de soledad se apodere de mí de vez en cuando, o más a menudo de lo aconsejable, o más a menudo de lo que puedo soportar, porque la ansiedad no tiene un hombro sobre el que llorar, o unos brazos que te sujeten tan fuerte que sientes que nada podrá salir mal. Ella solo está ahí para hacer daño. Quizá el resto de mi vida sea así.

Me pregunto qué ha pasado hoy, qué pasa miles de días; me respondo, y la respuesta no me vale. Y escribo, escribo porque un día me di cuenta de que escribir me descubría muchas cosas sobre mí que ni siquiera atisbaba. Y escribo y parece que me acerco a entender algunas cosas, están ahí, al alcance de mi mano.  Y sigue sin servir para nada. Y me pregunto si al empezar a escribir no abrí la caja de pandora. Me pregunto si no habría sido mejor no saber nada, no descubrir nada, si cada sonrisa se tiene que cobrar una lágrima. 

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