sábado, 14 de mayo de 2016

MORIR MAÑANA

Fue hace nada y fue hace un siglo. Lo dejé entrar en mi vida y poco a poco fue invadiendo todo mi espacio, hasta que me dejó reducida a nada. A nada que valiera la pena.

Solo yo tuve la culpa, no caben excusas. Pero también he de decir que prácticamente no tuve posibilidad de reacción. Cuando me quise dar cuenta, ya dominaba mi vida, y me sentía tan débil que era incapaz de sacarlo de allí. Se llevó cualquier atisbo de felicidad que hubiera estado conmigo, y me convirtió en nervios y ansiedad; en noches plagadas de horas sin dormir, sin otra cosa en que pensar ni que hacer, más que dejarme consumir por él. Él. El miedo.

Es difícil no acordarse de esa sensación de temblor constante. De que te hablen y no escuches, porque no puedes pensar más que en lo que te obsesiona. De soledad, porque al final te quedas solo, no porque los demás se vayan, que los hay que se van, sí. Pero también hay otros que se quedan. Aún así, te quedas solo, porque están, pero no te entienden. Y eso también se llama soledad.

Eres y no estás, o estás y no eres, no sé. Caes en picado. Y eres débil, cada vez más. Y él sabe aprovecharse de tu debilidad. Es un experto. Así que él sigue su camino, haciéndose cada vez más fuerte, mientras tú vas empequeñeciendo. Tanto, que parece que vayas a desaparecer.

Pero incluso cuando parece que no tienes fuerzas, siguen estando. Siempre queda algo de lo que fuiste una vez. De lo que eres, en realidad, aunque el miedo lo haya escondido. Y de una pequeña chispa puede nacer una hoguera, que crece y se propaga con más fuerza cada vez.

Esa chispa estaba dentro de mí, igual que el miedo. Pero le pudo. Le pudo el día que decidí sustituir el miedo a morir por la ilusión de vivir sin pensar en el mañana. El día que me di cuenta de que no podía controlar mi vida, ni saber qué me depararía el futuro. El día que decidí disfrutar de cada segundo sin más. El día que entendí que no era dueña de mi destino, pero sí de cómo afrontarlo. El día que dejé de preocuparme por morir mañana, porque ya, lo único que me importa es hoy.