sábado, 22 de agosto de 2015

MIL RAZONES PARA DEJAR DE QUERER



"El amor se acaba. Ahora lo sé."

Eso me dijo mi amiga, una noche, entre Margaritas. Y entre rosas con espinas.

Después de haber compartido seis mil días y seis mil noches con él, con su cuerpo, con su mente, con sus manías, con sus risas, con su ternura, con sus cabreos, con sus caricias, con sus besos, con sus silencios, con sus malas contestaciones, con su fuerza, con su lado más sombrío.

Después de haber compartido todo. Después de que dos vidas se convirtieran en una.

El amor es complicado. El amor no es algo que se sostenga solo. El amor es espontáneo, caprichoso, y a veces incomprensible.

Cuando nace, no le hace falta nada. Se alimenta solo. Se alimenta de sí mismo y no le hace falta más. Pero cuando pasa el tiempo se vuelve exigente, y necesita más. Más, cada vez. Y por nuestra naturaleza, tendemos a darle menos. Nos volvemos egoístas y confiados, y un día, el amor te devuelve tu egoísmo y tu confianza en forma de bofetada, en forma de final que no tiene vuelta atrás.


Cada uno tiene sus razones. Cada uno tiene sus motivos. Cada uno tiene su forma de amar y de necesitar. Pero todos necesitamos que el amor sea demostrado, porque lo que no se demuestra ¿acaso existe?

Y ella, que creía en el amor para siempre, en un único amor para toda la vida, un día sintió que había desaparecido. Y eso sí era para siempre.

Y no fue algo que pasara de la noche a la mañana. Y no fue algo que hubiera decidido. No. Simplemente, su amor murió.

Y pensaba que era ella quien había tenido la culpa, porque no había pasado nada grave que pudiera presagiarlo o justificarlo.

Solo se cansó de esperar a que él lo diera todo por ella. A que uno de aquellos días, en los que estaba tan cansada, se levantara e hiciera la cena. A que una noche, sin venir a cuento, le dijera que era lo mejor que había pasado por su vida. Se hartó de estar en su vida sin más. De que contara con ella para hacer todo lo que él quería. De que no le interesara lo que quería hacer ella. De ver una y otra vez anulada su opinión.

De que olvidara lo práctico, de que las locuras solo existieran en su cabeza. Se cansó de soñar con  encontrarlo un día a la puerta de su trabajo, que la había ido a buscar porque no podía esperar ni un minuto más para verla. Quería que la escuchara cuando tenía un problema. Quería un abrazo, una caricia.


Se cansó de sus manías, y de vivir una vida que ya no era ni suya. Se buscaba y no se encontraba.
Se cansó, sin querer, de dar. De dar mucho, y recibir muy poco a cambio. Y no es que se tratara de una mera transacción, pero le resultaba muy difícil de entender que alguien que la quería le diera tan poco. Y no es no entenderlo. Es que duele. Y decepciona. Y la decepción es la peor enemiga del amor.

Y así fue como el amor, igual que vino se fue. Y donde hubo llamas, no quedaron ni las cenizas, que se las llevaron el viento y sus lágrimas.

Y quién sabe quién tuvo la culpa. Y qué más da quién tuvo la culpa. Se fue. Y la vida siguió. Ella ya no volvió a ser la misma, porque un pilar muy importante en su vida se había derrumbado, pero siguió.

Siguió, y sigue, y a veces se tambalea. A veces, aún se pregunta si acaso no fue todo por su culpa. Si quizá tiene alguna cualidad que le hace dejar de querer con cierta facilidad. Pero luego hace un esfuerzo y recuerda las mil razones que tuvo para dejar de querer.

Mil razones para dejar de quererle.

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